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En la masonería, con el “aquí todo es símbolo” se cubre un amplio espectro de explicaciones, desde las más cercanas a la experiencia personal a la más peregrinas ancladas en mitos traídos por los pelos, leyendas sin mucho fundamento o alambicadas numerologías.

En la masonería, esto del estudio del símbolo y sus significados ocupa una buena parte del desarrollo del masón, que debe aprender a identificar cuáles, cómo y en qué manera las herramientas del oficio le ayudan a su mejora personal y a trasladar esta al exterior.

Las herramientas son tan operativas, por pertenecer al oficio del constructor, que los significados son evidentes y cuasi universales en la mayoría de las ocasiones, variando en los aspectos más personales de cómo se usan y qué beneficio se saca de su aplicación.

Es un trabajo que aúna lo operativo con lo simbólico, entendiendo por este último término el cómo identifico el uso de la herramienta en la vida diaria. Tarea esta nada fácil, contra lo que pudiera parecer, pero muy enriquecedora cuando se te aparece ese significado ante un hecho en el que estás implicado. Entonces, la herramienta pierde ese carácter simbólico para convertirse en operativa; ya no es una escuadra sino una decisión adecuada a tu criterio ético, o ya no es un nivel o un regla sino una opinión bien meditada y medida antes de emitirla.

Pero en la masonería, más allá de las herramientas y su uso más o menos simbólico, hay toda una historiografía, bastante novelada cuando no inventada sin ningún reparo, que extiende sobre esta una nebulosa de fantasías que van más allá de la licencia poética o la metáfora, pues parecería que algunos explicaciones del origen y del ser de la masonería se alimentasen de un irreprimible deseo de misterio y arcanos sólo accesible a unos pocos.

En la masonería, los símbolos y su explicación no existen per se, no se nos aparecen como las ideas en la caverna platónica, aislados de la historia social y personal del masón y de su Orden, sino que son creados por su necesidad de entender y explicarse a sí mismo y a los otros. No son imágenes ancestrales universales. No son arquetipos.

Si la mente humana necesita y se alimenta de maravillas, de poesía… y con ellas crece en lo que más de humano tiene no las va a encontrar en “la cuarta casa de la era de Acuario” ni en la actividad masculina del Sol contrapunto de la pasividad femenina de la Luna que se resuelve en el Tres, que si en la masonería del siglo XXI ya suena desfasado en el Derecho Humano es un contrasentido a su génesis como Orden.

En algunas explicaciones simbólicas se corre el peligro de intoxicarse por las apariencias, por las semejanzas que carecen de sentido, y si alguna vez lo tuvieron hoy están superadas y nos alejan del trabajo real para meternos en estudios eruditos que no aportan nada nuevo sobre las complementariedades o las tríadas.

Thomas Hobbes indicó un modo de actuación, que bien podría ser premasónico, cuando en Leviathan (1651), señaló a “la Razón como el paso; la mejora de la Ciencia, el camino; y el Beneficio de la humanidad, el fin. Mientras que las metáforas y las palabras ambiguas y sin sentido son como ignes fatui; y razonar sobre ellos es divagar en medio de innumerables absurdos; y su fin es la disputa y la rebelión, o el desprecio”. Por mucho que esto sea para algunos el culmen de la profundidad del grado más elevado posible. Hay que considerar que el “lenguaje hermético no siempre es el precio inevitable de la profundidad. Puede esconder simplemente, en algunos casos, una incapacidad de comunicación elevada a la categoría de virtud intelectual” [modern_footnote]Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América latina[/modern_footnote].

Sin embargo, la habilidad de manejar metáforas y un cierto lenguaje simbólico-poético es una de las características del maestro, como cuando Sagan hablaba de que “somos polvo de estrellas”, y del cual se vale para explicarnos y explicarse algo que ya comprendemos; algo así como poesía pupilar: en la que el maestro enseña y aprende al tiempo, pues el alumno debe comprender de manera tan clara la explicación como el maestro exponerla, sin que la pretendida elevación de conceptos oculte la falta de base de aquélla, sin que el escapismo del “esto no es de tu grado” ayude en nada a mejorar la comprensión del sentido simbólico de la masonería.

Ricardo Fernández