No es extraño que en nuestros primeros pasos por la vía inicática se nos plantee la duda sobre la necesidad de tener que trabajar de acuerdo a unos rituales que parece nos roban el tiempo necesario para el aprendizaje. El paso del tiempo y la interiorización del rito nos va enseñando la importancia que esta manera de trabajar, medida y preestablecida, supone una gran ayuda y el fundamento del método de trabajo masónico.
 
Bien es verdad que en ocasiones el ritual se convierte en algo en si mismo perdiendo, de este modo, todo el valor que tiene  como herramienta de trabajo. Quienes así obran piensan, quizás con razón, no lo se, que lo importante es ejecutar con la máxima perfección los pasos y las evoluciones que marcan los rituales para cada ocasión, se extasían con la coreografía y suelen reconvenir a quienes más preocupados del fondo que de la forman dan algún que otro traspiés. Actuar de esta manera empobrece, a mi manera de ver, el trabajo masónico aunque pueda resultar muy gratificante para quienes dan más importancia a las formas que al fondo.
 
El ritual, no es más que la herramienta, aquello que nos permite crear la atmósfera adecuada para que nuestros trabajos devengan fructíferos, una parte importante, quizás esencial, imprescindible, pero no la única razón de ser de una Tenida masónica.
 
El ritual nos disciplina, nos obliga a la reflexión, nos marca los tiempos y no conduce, paso a paso, hasta el climax de la Tenida, el momento en que se produce la unión perfecta de todos los miembros del taller presentes y ausentes.
 
Con el paso del tiempo vamos comprendiendo todo esto y lo que en nuestros primeros pasos nos parecía pérdida de tiempo deviene en necesidad, más tarde costumbre, que se hace parte de nuestro ser, y un día nos damos cuenta de todo lo que el ritual ha influido en nuestro trabajo y  formación masónica y, finalmente,  en nuestra vida profana.